Ana María Rodríguez Casado es hoy una niña sana y normal, aunque nació sin vena cava inferior y con una cardiopatía congénita.
En 2004 cuando tenía apenas cuatro años, sufrió la rotura del cable del marcapasos que mantenía los latidos de su corazón, lo que le provocó una parada cardiorespiratoria. Fue ingresada en la UVI del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde sufrió el síndrome de Stoke-Adams, un edema agudo de pulmón y secuelas neurológicas a consecuencia de la falta de oxígeno en el cerebro. Volvió a su casa en sillas de ruedas, sin habla y «desconectada del medio». Su abuela se encomendó a Madre María de la Purísima y su madre, Paloma Casado, le pasó por la cabeza una estampa suya que le habían dado las Hermanas de la Cruz. Fue empezar a hacer la novena la madre y la abuela y la niña se recuperó. Su evolución fue espectacular y los médicos que la atendieron confirmaron que fue excepcional, « no previsible y difícilmente explicable».









