Galeria Especial Beatificación

Todo sobre el tema Beatificación Madre María de la Purísima

Aquella Hermanita de la Cruz

 «No sé cuándo me di cuenta de que aquella monja era santa. No me parece que fuera un día concreto ni recuerdo que fuera con motivo de ningún acontecimiento especial. Debió de ocurrir paulatinamente, consulta tras consulta»

Conocí a sor Isabel Salvat Romero —no fue para mí Madre María de la Purísima ni Madre General de las HH. de la Cruz sino hasta algunos años después— en el otoño de 1994. Había sido intervenida de un cáncer de mama y me la presentó su cirujano, el Dr. Antonio Gallardo, para que continuara atendiéndola en el antiguo Centro Regional de Oncología (Pabellón Vasco). Siento no acordarme mejor del día que la conocí pero ahí está, en el fondo del recuerdo, sonriente y, a su lado, en un segundo plano a su izquierda, otra monja menudita —sor Sofía—, algo mayor que ella, recogida, seria, atenta y a las que ya no pude —ni aún ahora— separarlas en la memoria.

Madre María de la Purísima

Dadas las características pronósticas de la enfermedad le aconsejé quimioterapia y posterior radioterapia, siguiendo los tratamientos estándares vigentes. Esto suponía verla cada tres semanas, fundamentalmente para valorar si seguía en condiciones de recibir un nuevo ciclo. Durante los ocho o nueve meses que duró el tratamiento la recuerdo siempre animosa, sin valorar muy negativamente los inevitables efectos secundarios del tratamiento, fuerte y serena incluso en los momentos más duros y muy agradecida por cualquier mínima atención que tuviera con ella.
 
Cuando, ya finalizado el tratamiento, me trasladé al Hospital Virgen Macarena la seguí atendiendo allí. La sala de espera de las consultas de Oncología no permitía una mínima intimidad. Era un gran espacio vacío con asientos adosados a las cuatro paredes de modo que los pacientes estaban sentados enfrentados unos a otros. En la mayoría de las ocasiones la calidad humana de aquella gente, pacientes y acompañantes, impedía que aquella situación desembocara en una olla común de angustias y sufrimientos silenciosos donde cada uno recibiera no sólo su ración sino también parte de la ajena. Casi siempre había alguien que entablaba tertulia y que animaba al de al lado. Sor Isabel era siempre una de ellas. Aunque a medida que la conocía yo le iba tomando cierto respeto y admiración por la forma de ser que dejaba traslucir, ahora, escribiendo esto, percibo que quizás fuera, muy a pesar mío, algo desconsiderado. ¿Alguien imagina a la máxima autoridad de una organización internacional, como podría ser considerada ella desde un punto de vista civil, sentada en una sala que no fuera VIP esperando pacientemente su turno hasta que alguien la llamara por el interfono apeándole, aunque fuera inadvertidamente, el tratamiento? Su humildad impediría que ella reparara en estas deficiencias.
 
—Sor Isabel Salvat Romero. Y ella aparecía sonriendo. Jamás, ni me lo imagino, sugirió un trato de favor pero aquel día, que habría visto más dolor ajeno de la cuenta, me hizo ver, antes de despedirnos, que las condiciones de la sala no eran las más adecuadas para los pacientes y que posiblemente habría medios de que las esperas no fueran tan largas…Con una sencillez y alegría que ni por asomo dejaba ver reproche, cumplió con lo que debió parecerle que era su obligación: interceder por los pacientes.
Durante aquellos años nunca me faltó con ocasión de mi onomástica y en Navidad una cariñosa y agradecida felicitación. Siempre en esas fechas, menos en una ocasión. Estaba yo pasando entonces por una situación especialmente desagradable cuando, inesperadamente, me encontré con una nota de las HH. de la Cruz —que aún conservo— en la que, sin hacer alusión a aquella situación personal, me manifestaban que en nombre de la Madre General que estaba en Roma me transmitían su recuerdo «en estos momentos y siempre». No dejo de creer que, de alguna manera que ignoro, ellas tuvieron conocimiento de esos malos días y procuraron aliviarlos.
 
No sé cuándo me di cuenta de que aquella monja era santa. No me parece que fuera un día concreto ni recuerdo que fuera con motivo de ningún acontecimiento especial. Debió de ocurrir tan paulatinamente, consulta tras consulta, que cuando pensé en ello por primera vez ya tenía la sensación de haberlo pensado antes.
 
Tras los años vividos, cuarenta y dos de los cuales en el ejercicio de la Oncología Médica, he tenido la suerte de tratar a mucha gente buena, realmente santa, de las que militan en la honrosa división de los que cada día caen y se levantan con un empeño que cada día desearían que fuera amoroso y que no ocultan la humildad de su divisa, con la que se sienten contentos: comenzar y recomenzar. Pero a esta santa no me la imaginaba dando esos traspiés, porque vivía tan ajena de sí, tan desprendida, tan entregada al instante que vivía, tan sin aparente soporte temporal en lo ya ido y en lo que inmediatamente vendría, que me parecía estaba inmóvil aceptando, aunque sin mayores deseos, una plenitud de alas que la cubrían con su sombra. Esa sensación de armonía y sin embargo de encaje demasiado perfecto en la realidad cotidiana, era lo que más me sorprendía. No me parecía que ella fuera obra puramente humana.
 
Cada vez que se terminaba la consulta se volvía sonriente para despedirse y en cuanto se iba me dejaba aquella presencia que no se parecía al recuerdo con que la imaginación prolonga la inmediata realidad pasada y, desde luego y de manera distinta, a lo que se alude en la canción popular «…aunque me voy no me voy, aunque me voy no me ausento…». Se me parecía más a la presencia real de la que habla George Steiner cuando, analizando las emociones en el límite de la belleza artística, fundamentalmente la música, percibe un exceso de significado que desborda la pura belleza formal y la trasciende. O más probablemente, percibía un lejano anhelo pacífico cuya naturaleza fuera su propia inaccesibilidad, como si al despedirse dejara la ausencia de algo mayor que se cerniera sobre la consulta. Supongo que una certidumbre parecida a estas, pero vía olfativa, es la que experimentaban los hagiógrafos de las antiguas vidas de santos cuando se referían al olor de santidad. Pero esta monja no olía a nada, sólo a limpia. Por todo ello no me daba la impresión de que aquella monja fuera sólo obra de sí misma.
 
Todas aquellas impresiones se concretaban en un mensaje cifrado:
 
—Esta monja sabe lo que se hace…sale ganando… ha elegido la mejor parte…
 
Ahora, tras una docena de años de aquello, me obligo a analizar si quizás no fuera el cariño que yo empezaba a tomarle lo que contribuyera a que yo fuera añadiendo a aquella sencilla religiosa algunos de estos adornos. Creo sinceramente que no es así. Y quizás aun podría evocar, con agradecimiento, aquella paz agradable que dejaba al marcharse. Cuando se incoó la causa de beatificación y solicitaron mi opinión sobre ella no dije nada de todo lo anterior porque nada de aquello era objetivable y como tampoco pude narrar ninguno de los hechos prodigiosos que hacían los santos de antes, me circunscribí a apuntar que era una monja sonriente, sencilla, agradecida, atenta, pudorosa sin remilgos, natural, comedida…de manera que no creo que mi opinión tuviera demasiado peso a favor de la beatificación, aunque yo ya la tuviera canonizada para mi uso particular. Probablemente lo más importante de los santos modernos es lo que no se puede decir de ellos.
 
Cuando nos vimos en el otoño de 1999 estaba muy desmejorada. Había vuelto de un largo viaje apostólico por tierras de América donde había estado visitando Casas de la Orden. Estaba más delgada, más pálida y, aunque intentaba disimularlo con su permanente buen ánimo, se la veía cansada. Se asfixiaba un poco al hablar, pero no tuvo tos durante toda la consulta. Intentaba permanecer erguida aunque no lo conseguía del todo. La exploración clínica apuntaba claramente a una reactivación de su proceso, con claridad a nivel hepático, pero no tenía ictericia. Los resultados analíticos y por imagen confirmaron que la enfermedad, silente durante cuatro años, había reaparecido y, además, de una manera especialmente agresiva. No era una evolución atípica pero sí lo era que con aquella masiva afectación hepática pudiera estar de pie.
 
Cuando le informé de la situación recibió la noticia sin ningún aspaviento, con el rostro sereno y sonriente de siempre, en nada diferente a cuando, en ocasiones anteriores, le contaba que todo seguía bien. Tras aquella noticia el silencio se prolongó un poco mientras Madre María de la Purísima miraba a Sor Sofía, su fiel escudero, su custodio, su compañera de correrías. Pienso que en aquellos instantes intensos se transmitieron los mismos recuerdos: los trabajosos caminos que ambas habían recorrido juntas, las inevitables y dolorosas contradicciones vividas una al lado de la otra, el celo al unísono por la preservación del espíritu de Madre Angelita en medio de aquella turbulencia que siguió al Vaticano II y que se llevaba por delante, en nombre del aggiornamento, tanto espíritu de oración, de mortificación, de pobreza, de obediencia, junto con costumbres de siglos de convivencias y que impulsaba a quitarle rigor a la aspereza de aquellos hábitos, a la sobriedad de aquellos colores, a abandonar las alpargatas de espartos, negras, remendadas, limpias…Toda la historia de la Orden se condensaba en la mirada de aquellas dos mujeres fieles, fieles, en aquellos instantes en que cualquiera de las dos podría haber dicho: Gracias Señor, hasta aquí hemos llegado juntas.
 
Sor Isabel —Madre María de la Purísima— se volvió hacia mí para preguntarme que cuántos meses de vida le quedaban. Me lo preguntó con la naturalidad con que me hubiera preguntado por mi familia. El mismo tono de voz pausado, bajo, cortés. Parecía que estaba hablando de otra cosa y no de la proximidad de su muerte.
 
Guardé silencio. Probablemente porque no fui capaz de contestarle.
 
Entonces, seguramente que pretendiendo ayudarme, me preguntó textualmente y en el mismo tono de voz.
 
—¿Cuántas semanas?
 
Un nuevo silencio mío le acercó a la verdad…
 
—¿Y qué se puede hacer?
 
—Podríamos intentar la quimioterapia. Eso podría alargarle la supervivencia y mejorarla.
 
Acababa de aparecer en el mercado un nuevo fármaco, acreditado por ensayos clínicos, indicado en aquella situación patológica.
 
—¿Ud. que me aconseja?
 
—Merecería la pena probar, hermana. Ella contestó, casi textualmente.
 
—Eso no sería sino prolongar la espera de lo que tanto deseo.
 
Fue la única confidencia de tipo espiritual que le oí.
 
Casi simultáneamente, sor Sofía, rebulléndose en su silla, no pudo contener más el desbordado cariño que sentía por aquella que había sido su compañera de tantos años y dijo con ímpetu:
 
—Madre, si tiene que ponerse la quimioterapia se pone…tiene que ponerse la quimioterapia.
 
Cuando recuerdo estas palabras se me viene a la cabeza la misma vehemencia de Simón Pedro. Sor Isabel, con gran serenidad, un poco más seria aunque sin perder la sonrisa, le dijo a Sor Sofía:
 
—Debemos consultarlo con las hermanas.
 
Esta respuesta, más que ninguna otra, me reflejó la talla de su santidad. Ni siquiera cuando hizo referencia explícita a que la muerte la conduciría a lo que más amaba y que no era de su gusto posponerlo, su alma dejó traslucir tal grado de abandono. Reflejaba una actitud del corazón y de la voluntad que no se puede improvisar. Aquella mujer hacia muchos años que no vivía para sí y ahora, fluyendo de modo inevitablemente natural, hablaba de ella misma como de otra persona. Ya hacía tiempo que ella no era de ella, que no dependía de sí, que había hecho donación de su autonomía y por estas renuncias le había sido regalada aquella libertad radical. No pudo ocultar que no se pertenecía y que las decisiones relacionadas con su persona le eran ajenas. Nada tiraba de ella hacia abajo, ni siquiera el peso de su propia vida. Había conseguido ser libre. Creo recordar que le dejé ordenado el tratamiento para que, en caso de que aceptara, ya estuviera todo dispuesto y no se demorara hasta la semana siguiente ya que aquella nueva quimioterapia requería una infusión intravenosa de varias horas y exigía una preparación farmacológica previa. El último viernes de octubre de 1999, vino a ponerse el tratamiento. Fue el último día que la ví con vida.
 
Tuve la grandísima suerte y el honor inmerecido de ser el médico de aquella mujer de Dios. Los años y el continuo paso de los días con sus rutinas aparentes no oscurecieron el esplendor que la juventud sembró en su sangre y, como su amor alcanzó hasta donde pudo, su Amor tuvo que hacer lo demás.
 
(Me ha dado mucha alegría la inesperada noticia de que dos de mis nietos se han colado, disfrazados de angelitos, en el gran repostero, con la imagen de Madre María de la Purísima, que presidirá la ceremonia de su beatificación).
Comentarios (2)add
...
escrito por carmen , septiembre 17, 2010
Cuando entré la primera vez a la cripta para ver a M. Maria empecé a llorar, no me podía consolar nadie y así cada vez que bajo averl. Un dia estaba una hermana arreglandole las flores y me vió. Y o le dije lo que me pasaba y ella me contestó con una sonrisa: Mia su cara y pregúntale ququú quiere de ti. Desde entonces cada vez que bajo se lo pregunto, creo que estoy en el camino de averiguarlo y ver lo que hay dentro de m´y que tengo que arreglar. Todavía la miro y lloro.
...
escrito por MARAI , enero 28, 2011
ES MUY BONITO EL TESTIMONIO DEL DR. MURILLO.TRATAR AUNA PACIENTE SABIENDO QUE ES SANTA Y QUE LUEGO LA IGLESIA LA PROCLAME ES MUY ESPECIAL.GRACIAS.
Escribir comentario

busy
 
Copyright © ABC Sevilla S.L. Albert Einstein 10. 41092 Isla de la Cartuja. Sevilla 2012.
Datos registrales: Inscrita en el Registro Mercantil de Sevilla, Tomo 4.045, Folio 182, Hoja SE-59.933, Inscripción 1ª - C.I.F.: B-91409904. Todos los derechos reservados.
ABC Sevilla S. L. contiene información de Diario ABC. S.L. Copyright © Diario ABC. S.L., Madrid, 2008. Incluye contenidos de la empresa citada y, en su caso, de otras empresas del grupo de la empresa o de terceros.
Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción, distribución, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.