El Patio de Juan Manuel
Escrito por Juan Pedro Recio
Miércoles 20 de Agosto de 2008 01:33



Confieso que el verano es lo que menos me gusta de Sevilla. No termino de acostumbrarme a él, a pesar de que cuento mis años por veranos de la Ciudad en la que nacÃ. Reconozco que el verano, ahora, tiene menos inconvenientes que cuando yo era niño.
El aire acondicionado ha venido a sustituir a los tradicionales métodos de combatir el calor, y el simple pulsado de un botón ha resuelto las antiguas búsquedas del frescor natural: los búcaros de barro, las corrientes de aire, el baldeo, la vela que cubrÃa el patio... SÃ, el patio. Para los niños de mi época el patio era lugar de esparcimiento dentro de la casa, y en él, los juegos, la imaginación y las fantasÃas infantiles tenÃan su particular aposento.
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El ambiente fresco, abierto, del patio, dotado de luz filtrada y ruidos atenuados propiciaba las inquietudes de los que hacÃamos vida entre tiestos de gitanillas, olor a jazmines y la sinfonÃa nunca repetida con que nos acompañaba un canario a través de los varales (perdón, barrotes) de su jaula, en aquellas mañanas limpias de verano en los patios de ni niñez.
Hubo un patio en Sevilla, donde también la creatividad tuvo su verano de sueños, y la imaginación fluÃa con la misma cadencia que el agua de una fuentecilla. Pero en él no jugaban niños, sino la fantasÃa y el ingenio de un duende llamado Juan Manuel RodrÃguez Ojeda.
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Al frescor de aquel patio, es fácil imaginarlo inventándose unos romanos al gusto de Sevilla, vistiendo nazarenos de terciopelo y merino, soñando formas y volumen para coronar a la Esperanza, trazando a carboncillo una malla camaronera, o perfilando bambalinas que se escapan de los varales como el canto de aquel canario. Juan Manuel convirtió la artesanÃa en arte, lo exclusivo en popular, la distinción en gracia, lo solemne en festivo, lo corriente en único, y en torno a ese patio, compuso durante décadas la más bellas poesÃas de oro y terciopelo que cambiaron la estética de nuestra Semana Santa.
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A pesar de que hace casi 80 años que murió, en un patio de la calle Duque Cornejo, a través de la cancela parece verse todavÃa a Juan Manuel, sentado en una silla de enea, con pose de antiguo galán de cine, rodeado de palmas y aspidistras. El antebrazo apoyado en el respaldar de la silla, terno oscuro, cadena y reloj que cuelga de un botón del chaleco, y una enigmática expresión en el rostro, triste y sonriente a un tiempo. ¿SerÃa él, quién dibujó el semblante de la Macarena?
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Juan Pedro Recio es Graduado Social e investigador