Escrito por Juan Pedro Recio Lamata Martes 30 de Marzo de 2010 02:59
Al nieto de la nazarena sin túnica
Llegará un dÃa que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza. La frase no es mÃa. Es de Paul Géraldy. Coincido con él. Son nuestra maleta para el viaje de la vida. Recordar lo vivido, cuando no queremos que sea olvidado. La Semana Santa va decantando año a año en nosotros una multitud de vivencias, que al cabo del tiempo, terminan siendo una parte importante de nosotros mismos.
Como cada Lunes Santo, con el último bocado aún por masticar, salÃan de la casa a toda prisa. Antes de salir, una mirada de soslayo a las túnicas negras que horas más tarde, frisarÃan de emociones la Plaza del Museo.
La tarde invitaba a aquellas inquietas juventudes a apurar cada segundo como si la Semana Santa fuera a acabarse de un momento a otro. Sin avisar. El Beso de Judas y el palio inacabado de RocÃo; la nube de incienso que separaba la tarde del entierro de Cristo; el misterio de San Gonzalo, cuando su grandiosa cuadrilla sólo era un sueño de jóvenes costaleros del Barrio León. Y el Tiro de lÃnea. Esa era la breve nómina que alentaba los ánimos de aquellos nazarenos de la Virgen de las Aguas, que como si de un rito se tratara, cruzaban la calle Imagen hasta Santiago. De Santiago a Arfe; de Arfe a San Jacinto; de San Jacinto a San Andrés, y de allÃ, a vestir ceremoniosamente la túnica.
Pero dentro de ese abanico de contrastes, la tarde punzaba sentimientos que se apoderaban de los sentidos. El corazón hacÃa lo propio con la razón. Tras el Cautivo, año tras año, iba un grupo de mujeres del barrio. Gente sencilla que cumpliendo una penitencia no extendida en una papeleta de sitio, formaban un abultado tramo sin cirios ni diputados. Algunas sólo llevaban entre las manos, una bolsa con los zapatos.
A una de esas nazarenas sin túnica, nunca le hizo falta apuntarse en la Hermandad. ProcedÃa de una Triana que se fue disolviendo en tiros de lÃnea, polÃgonos, y barriadas que jamás conseguirÃan hacerle olvidar los patios de vecinos, velás y mañanas de Viernes Santo. ¡Sabe Dios que promesas cumplÃa año tras año!; ¡que súplicas en silencio se devanarÃan bajo el sol joven de la primavera!. Ella, siempre tras el Cautivo. Sin hacerse notar. Sólo un beso a su nieto y los amigos, y otra vez a la trasera. Todos los años. Siempre igual. Ternura y sencillez de abuela.
Han pasado muchos lunes santos. Las túnicas del Museo hace ya tiempo que aguardan otras semanas santas. Ella y el Cautivo de verdad ya se encontraron hace tiempo. Aun asÃ, cuando pasa el Señor maniatado, siempre buscamos detrás de Él, el beso de la abuela, como cada Lunes Santo.
Son muchos los recuerdos que ya guardamos en nuestra maleta, de tantas semanas santas vividas. Sin saber por qué, los de aquellas tardes de Lunes Santo, lejanos en el tiempo y próximos a la memoria, vinieron hoy a visitarme mientras veÃa una preciosa pelÃcula, que curiosamente se titula igual que este artÃculo. Que disfruten de la Semana Santa.
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